En la anterior entrega de esta serie vimos como los cambios demográficos por una parte y sociales por otra desencadenan una situación de inviabilidad a medio y largo plazo para nuestro sistema de pensiones. En estas circunstancias el Estado necesariamente ha de transferir (y de hecho ya lleva una década larga haciéndolo) una parte de su responsabilidad en el bienestar de nuestra tercera y cuarta edad a nosotros mismos.
Hemos de plantearnos que hacer en estas circunstancias.
Malas noticias para aquellos que esperen soluciones fáciles: no existen formulas mágicas. El ahorro inteligente, sistemático y adecuadamente dimensionado es la única herramienta que nos puede permitir el contar con los recursos económicos necesarios para lograr que nuestra salud personal no sobreviva a nuestra salud financiera.
Los lectores, seguramente (espero y supongo) ya se estarán diciendo –si, ahorrar, pero ¿cuánto? – y, –¿de qué manera?
Llegados a este punto, me permito reelaborar y complementar estas preguntas de forma tal que las respuestas que obtengamos nos permita elaborar un plan de acción realista y efectivo. Nos haremos estas siete preguntas incómodas:
· ¿A qué edad quiero jubilarme?
· ¿Cuáles serán mis necesidades económicas a partir de ese momento?
· ¿Cuánto me aportará la Seguridad Social?
· ¿Con que otros medios cuento para complementar esta pensión?
· ¿Cuánto he de ahorrar hasta entonces?
· ¿Qué instrumentos financieros están disponibles para construir ese ahorro?
· ¿Cuál es la mejor manera de disponer de mi capital de jubilación?
Cada persona es un mundo, se suele decir, así que seguramente el conjunto de posibles respuestas a esa serie de preguntas sea enorme. No obstante, la forma de llegar a estas respuestas sí que se puede sistematizar y a ello dedicaré las siguientes entradas de este blog.
Antes de dar por finalizada esta entrada, no obstante, quiero señalar un aspecto de cierta importancia. Es posible que la aplicación del método nos lleve (y espero que este no sea el su caso) a unas exigencias de ahorro incompatibles con nuestras capacidades económicas reales. Esto puede deberse a diferentes causas, básicamente porque estamos elevando demasiado nuestras perspectivas de bienestar o porque ya hemos dejado para demasiado tarde esta valoración. En ambos casos tan sólo podemos ajustarnos a la realidad bajando nuestras expectativas: alargando nuestra vida laboral (incluso por sobre la edad legal de jubilación), reduciendo las necesidades económicas previstas (adiós a ese crucero alrededor del mundo) o mediante una combinación de ambos mecanismos.
| Imprimir