Resulta un lugar común, a fuerza de repeticiones, decir que en España nos preparamos tarde y mal para la jubilación. No es por tanto mi intención ahondar más en este mensaje, sino explorar un poco en qué hacer para planificar adecuadamente esta esperada (y temida) etapa de nuestra vida.
Antes de nada, es necesario entender la situación que se genera en el momento del fin de nuestra actividad laboral. Si no somos capaces de reconocer la naturaleza de las dificultades a las que hemos de enfrentarnos difícilmente podremos salir airosos de dicho enfrentamiento.
Hagamos un poco de historia. En tiempos pasados la responsabilidad por el bienestar de las personas mayores recaía fundamentalmente en sus descendientes directos y, en de forma ya marginal, en el acopio durante la vida económicamente activa de bienes susceptibles de generación de futuras rentas. No voy tampoco a ahondar en razonamientos del por qué este sistema resulta inconveniente, baste decir que el mismo producía un mayor ahondamiento de las desigualdades sociales a la vez de dejar a una enorme fracción de la población en una situación de gran incertidumbre e indefensión.
Ante esta circunstancia los estados han desarrollado a lo largo de la historia diferentes mecanismos para dar cierto nivel de protección a los ciudadanos retirados. Desde hace aproximadamente un siglo los sistemas públicos de previsión para la jubilación entraron en una fase de desarrollo. El diseño de estos sistemas se basaba en una realidad demográfica específica: una esperanza de vida al nacer de algo menos de 40 años y una proporción de una entre cada cuatro personas superando los 65 años. En este escenario la capacidad de la población activa para, sin grandes esfuerzos, generar un volumen de recursos suficiente para los jubilados estaba garantizada.
Hoy en día la esperanza de vida al nacer prácticamente se ha duplicado. Nueve de cada diez personas superan la edad de 65 años. Los trabajadores se incorporan al mercado laboral de forma más tardía y el número de hijos por hogar se ha reducido radicalmente. En resumen, hoy muchos menos (en proporción) han de atender las necesidades de muchos más por mucho más tiempo.
La viabilidad a medio y largo plazo de un sistema de previsión como el existente es imposible.
Este escenario requiere un cambio radical en la forma en la que nos preparamos para nuestra jubilación.
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26. Abril 2008 en 10:14
Gracias Mon por regalarnos el poder seguir leyéndote, somos muchos los que echábamos de menos tus letras.
Un artículo interesante y sabio en su contenido. Ya sabes que estaré pendiente de la información que ofrezcas y no se te ocurra jubilar tu creatividad literaria.
Un fuerte abrazo,
Juan Ramón